lunes, 23 de marzo de 2009

El colapso alimentario del planeta

Un Sistema Insostenible

"Vivimos en un planeta en el que conviven 1.000 millones de hambrientos, otros 1.000 millones de obesos y 4.500 millones que si engordan, pueden convertirse en un grave problema".
Luis de Esteban es catedrático de Economía en la Universidad Ramón Llull de ESADE, pero su visión sobre la sostenibilidad alimentaria de la Tierra va más allá de los números.


Tanto su análisis, recogido en su libro 'Un planeta de gordos y hambrientos' (Ariel), como el del periodista de investigación norteamericano Paul Roberts ('El hambre que viene', de Ediciones B), llegan a la misma conclusión: el sistema de industrialización de la agricultura actual está llevando al planeta al borde del colapso alimentario y, si no cambiamos los procesos de producción y el régimen cárnico de nuestra especie, el futuro se presenta muy negro para la humanidad.

Roberts lo resume en pocas palabras: "El sistema produce suficiente alimento en el primer mundo, pero no en los países pobres. África, por ejemplo, ya se sufre el colapso y con el cambio climático, la situación irá a peor".
"El problema", continúa, "es que, además, la agricultura intensiva está degradando el suelo en todo el mundo. El suelo tiene hasta 20 micronutrientes, y entre un 3% y un 6% de materia orgánica, pero se está perdiendo por los fertilizantes químicos, por no dejar descansar la tierra para sacar más producción y por la falta de rotación de los cultivos. No basta con confiar en que la tecnología resolverá el problema con nuevas semillas transgénicas si no hay agua ni suelo disponible".

Salidas científicas
Para Roberts, ya no se puede confiar en nuevas salidas científicas: "Los transgénicos están diseñados para los países ricos, para grandes fincas, y son muy caros. Con la 'Revolución Verde' ya se vio que aumentó la producción en India o China y no se acabó con el hambre. Además, están los problemas medioambientales de contaminación", añade.

Magui Balbuena, una guaraní representante de la asociación paraguaya Conamuri.
De Esteban, por su parte, denuncia un mundo en el que "quien posea las semillas del futuro tendrá en su poder las plantas y todos los frutos, y el proceso de su elaboración como alimento" y recuerda que hace 60 años había en Estados Unidos más de seis millones de granjeros y ahora quedan dos millones.

"La concentración de la alimentación mundial en 200 empresas convierte la comida en un negocio. Nos hacen más gordos, porque hay mucha comida barata y con nuevos aditivos, como la fructosa de maíz o las grasas 'trans' y crean nuevos productos, los 'snacks' o tentempiés", añade.

Se trata de un mundo en el que "las máquinas no se diseñan para recoger las cosechas, sino que las plantas son diseñadas para ser recogidas por las máquinas". Un planeta en el que se crían pollos en 40 días (en lugar de 10 semanas), y se fabrican con de pechugas de medio kilo, aunque luego se las atiborren de antibióticos para que no cojan infecciones, como ha constatado Roberts.

Un sistema, en definitiva, que según acusan ambos investigadores, debido al ansia de conseguir más por menos, ha expulsado a los pequeños agricultores, la mayoría del mundo pobre, que han pasado de producir a pasar hambre.

Magui Balbuena, una indígena guaraní paraguaya, es una de las víctimas de este colapso. Balbuena, de CONAMURI (una coordinadora de mujeres que lucha por su soberanía alimentaria), hace tiempo que ve cómo las tierras de su país pasan a manos de los sojeros brasileños (cultivadores de soja transgénica resistente a un herbicida), que les contaminan las aguas y las vidas. La adicción a los agroquímicos es imparable, pues su uso genera resistencias en las malas hierbas que exigen más producto.

"Silvino Talavera era un niño de 11 años que murió envenenado, tras fumigarle un sojero desde una avioneta. Además, el agrotóxico va a los ríos y arroyos y la gente está dejando sus tierras. Ahora tenemos más cultivos en Paraguay, pero hemos perdido la soberanía alimentaria y nuestra comida cada vez es menos variada", denuncia Balbuena durante una visita a Madrid.

Cambio climático

Otro testimonio es el de Catering N. Kimura, parlamentaria keniata: "En mi país hay tierras ricas, pero en pocas manos, y la gente muere de hambre. La tecnología agraria no ha llegado a los pequeños granjeros, que miran al cielo a ver si llueve, y ahora nadie puede asegurar si lo hará o no".
Al problema de la agricultura industrial, su contaminación por agrotóxicos, la destrucción del suelo, el calentamiento global o la falta de mejoras agrarias y de comercialización en los países en desarrollo, se suma la dedicación de suelo al cultivo de cereales para biocombustibles y, cómo no, el aumento de la demanda de carne, sobre todo en Asia.

"Producir un kilo de carne cuesta 20 kilos de grano. Si su consumo sigue en aumento no podremos mantener a los animales, hay que cambiar esa dieta", asegura Roberts.
El profesor Luis de Sebastián llega a la misma conclusión. "Estamos devorando el planeta", afirma, "y hay una dejación pública en educación alimentaria".

Recuerda, además, que este sistema industrial de producir comida ya ha provocado intoxicaciones y enfermedades que no se conocían. Ahí está el caso de la Salmonella, las 'vacas locas' o la amenaza de la gripe aviar. Sin olvidar la diabetes de tipo B o los problemas cardiovasculares causados por la obesidad.

¿Soluciones? "Confiar en futuras tecnologías no sirve porque hasta los cultivos resistentes a la sequía, patentados, y muy caros, necesitan algo de agua y cada vez hay menos. Tampoco la agricultura ecológica bastaría, porque su nivel de producción es bajo. La solución está en volver a una agricultura sostenible e integrada, que precise menos plaguicidas y sea más racional", argumenta Paul Roberts.

De Sebastián apuesta también por semillas mejoradas, pero desarrolladas por organismos públicos, sin patentes. Y ambos abogan por un sistema que potencie la producción local, para contar con una alimentación más sana y, a la vez, fomentar el desarrollo de los agricultores de países en desarrollo, que hoy están fuera del mercado. Y sobre todo, exigir y demandar una mejor dieta. "No se trata de comer mucho, sino sano" es su conclusión general.


Rosa M. Tristán Madrid


Fuente: periódico El Mundo, España

viernes, 20 de marzo de 2009

Proteger las semillas criollas creando zonas libres de transgénicos (Uruguay)

Los organismos manipulados genéticamente, llamados “transgénicos”, son organismos creados en laboratorio, cuyas características han sido alteradas mediante la inserción de genes de otras especies. Las empresas multinacionales que han realizado estas alteraciones se han apropiado de estas semillas.

Para que un productor haga uso de las semillas transgénicas, debe de pagar un derecho por su uso a las empresas. En el caso de los dos cultivos transgénicos que se cultivan en Uruguay, las patentes son de las empresas Monsanto y Syngenta, empresas que además producen los agrotóxicos que acompañan a estos cultivos.


Situación en Uruguay

En Uruguay se cultivan transgénicos desde 1996 (soja) y 2003 (maíz). Estos cultivos se introdujeron en nuestros campos y en nuestra dieta sin que tuviese lugar un adecuado debate social sobre su conveniencia. Los impactos de estos cultivos son conocidos a nivel ambiental sobre la biodiversidad, el agua, el suelo y la salud. Sin embargo, por parte de las autoridades no ha habido una evaluación sobre los impactos que estos cultivos han causado a los agricultores al medio ambiente o sobre la salud de la gente.

Mientras los cultivos transgénicos avanzan, los cultivos convencionales van perdiendo su espacio y las semillas de maíz criollo pierden día a día la posibilidad de seguir existiendo. La “coexistencia” decretada por el gobierno en julio del 2008 ha permitido que el mercado opere libremente sin tomar en consideración a los pequeños productores que desean seguir cultivando el maíz criollo que han conservado por generaciones.

Desde la introducción del maíz transgénico, el maíz criollo está siendo amenazado de ser contaminado por polen de maíz transgénico. La contaminación que pudiera existir por cruzamiento de polen de una semilla transgénica a otra convencional es inminente. En nuestro país ya hay datos científicos de contaminación de maíz convencional producida por maíz transgénico.

Zonas libres de cultivos transgénicos

Es vital decretar zonas del país en las que se impida sembrar cultivos transgénicos. Esta medida es la única que puede permitir a los pequeños productores conservar sus semillas. La creación de zonas libres de cultivos transgénicos puede proteger los recursos fitogenéticos que posee el país.

Salvaguardar las semillas criollas y preservar la biodiversidad agrícola de la contaminación por semillas transgénicas es una urgencia, ya que nuestra seguridad y soberanía alimentaria están en juego.

En este momento lo que está en juego es el maíz criollo, pero en cuestión de tiempo otros cultivos también podrán estar en la misma situación, dado que nuevos eventos de maíces están a la espera de ser aprobados y otros cultivos como el arroz.


Treinta y Tres zona libre de cultivos transgénicos

De acuerdo a la ley aprobada el año pasado sobre Ordenamiento Territorial (ley 18.308), se otorgan potestades a las intendencias para la categorización de los suelos y su uso con un concepto de desarrollo sostenible en función de objetivos sociales, económicos, urbanísticos y ecológicos.

La intendencia del departamento de Treinta y Tres es la única del país que posee un Departamento de Agroecología y Soberanía Alimentaria enmarcada en el “Plan de Soberanía Alimentaria Territorial”. En este marco hace varios años que se cuenta con una amplia variedad de semillas criollas de maíz que los productores del departamento desean seguir conservando sin que se contamine con la transgénica.

Además, en este departamento, “La Quebrada de los Cuervos” ha sido decretada una zona nacional de protección. Esta zona, que se encuentra a poco más de 30 kilómetros de la capital del departamento de Treinta y Tres, ingresó al Sistema Nacional de Área Protegida (SNAP) bajo la categoría de paisaje protegido, otorgándole un mejor estatus para su conservación.

Si a lo anterior se agrega que, de acuerdo a los datos obtenidos por la Dirección Nacional de Medio Ambiente (DINAMA), hasta la zafra 2007 -2008 en ese departamento no ha sido introducido el maíz transgénico y que estudios científicos y experiencias de campo demuestran que los cultivos transgénicos no poseen un rendimiento más alto que los cultivos naturales, que son más contaminantes y que introducen nuevos riesgos para la salud y para el ambiente, se concluye que Treinta y Tres cuenta con condiciones óptimas para que sea declarado como zona libre de maíz transgénico.

Si así se lo decreta, este departamento podrá asegurar que el maíz criollo pueda ser efectivamente protegido en nuestro país y que se pueda así empezar a caminar hacia nuestra soberanía alimentaria. En caso contrario, el país estará atado a la compra de semillas transgénicas patentadas, en poder de grandes multinacionales extranjeras.
Y si fuese así: “Las penas serán de nosotros y las semillas serán ajenas.”

RAPAL Uruguay - Marzo 2009





domingo, 15 de marzo de 2009

Soja: Los creadores del monstruo




Adelanto exclusivo del libro de Marie-Monique Robin, la periodista francesa que investigó los crímenes de la ESMA y que ahora desnuda al gigante de los transgénicos. Una de las compañías más polémicas del mundo que acumula una infinidad de procesos penales debido a la toxicidad de sus productos.


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La “sojización” del país. Para Monsanto la crisis argentina es una oportunidad que supera sus mayores esperanzas. La soja Roundup Ready se expande como un reguero de pólvora desde La Pampa hacia el norte por las provincias del Chaco, Santiago del Estero, Salta y Formosa. Mientras que en 1971 los cultivos de oleaginosas sólo representaban 37.000 hectáreas, pasan a ser 8.300.000 en 2000, 9.800.000 en 2001, 11.600.000 en 2002, para llegar a los 16 millones de hectáreas en 2007, esto es, el 60% de las tierras cultivadas. El fenómeno es de tal envergadura que se habla de “sojización” del país, un neologismo que designa una profunda reestructuración del mundo agrícola, cuyos funestos efectos no tardarán en manifestarse.
En un primer momento, cuando la crisis abate la economía nacional, se dispara el precio de la tierra porque se ha convertido en un valor refugio que permite inversiones tan fructíferas como rápidas. “En mi sector”, cuenta Héctor Barchetta, “el precio de la hectárea pasó de 2.000 a 8.000 dólares. Los productores más frágiles acabaron por vender, lo que provocó una concentración de la propiedad inmobiliaria.”

De hecho, la superficie media de las explotaciones de La Pampa pasó en una década de 250 a 538 hectáreas, mientras que el número de granjas se reducía un 30%. Según el censo agrícola realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), entre 1991 y 2001 quebraron 150.000 campesinos, 103.000 de ellos tras la llegada de la soja transgénica. En esta misma fecha unos 6.000 propietarios poseían la mitad de las tierras cultivadas del país, mientras que 16 millones de hectáreas pertenecían ya a extranjeros, un proceso que se ha acentuado todavía más después.

“Asistimos a una expansión sin precedentes del agrobusiness, de la agricultura industrial dirigida a la exportación, en detrimento de la agricultura familiar, que desaparece”, se lamenta Eduardo Buzzi, presidente de la Federación Agraria Argentina. “Los campesinos que se marchan son reemplazados por actores que no provienen del mundo agrícola: se trata de fondos de pensión o de inversores que invierten su dinero en ‘consorcios de semillas’ y que se lanzan al monocultivo de la soja Roundup Ready, en colaboración con multinacionales como Cargill o Monsanto. Todo ello en detrimento de los cultivos alimenticios.”

De hecho, mientras que la soja Roundup Ready prosigue su imparable avance y transforma al antiguo granero del mundo en un productor de forraje para el ganado europeo, las producciones alimenticias desaparecen. Según fuentes oficiales, de 1996-1997 a 2001-2002 el número de tambos, explotaciones lecheras, se redujo un 27%, y por primera vez en su historia, el país de las vacas tuvo que importar leche de Uruguay. Igualmente, la producción de arroz descendió un 44%; la del maíz, un 26%; la del girasol, un 34%; la de la carne porcina, un 36%.

Este movimiento fue acompañado de una subida vertiginosa del precio de los productos básicos de consumo: por ejemplo, en 2003 el precio de la harina subió un 162%, el de las lentejas (muy apreciadas en la cocina nacional), un 272% o el del arroz, un 130%. “El argentino medio come mucho peor que hace treinta años”, subraya Walter Pengue, “y lo irónico del caso es que se nos anima a cambiar la leche y la carne de vaca, que siempre han formado parte de la dieta nacional, por leche y bistecs de soja...”.

Lo que cuenta el agrónomo argentino no es una broma de mal gusto, sino una realidad. En un país en el que el dulce de leche y la carne de vaca son ingredientes esenciales del patrimonio cultural, el propio secretario de Agricultura, Miguel Campos, se apresura a proporcionar una “buena dirección” de un “restaurante sojero” en Buenos Aires. A continuación elogia la generosidad del programa Soja Solidaria lanzado en 2002 por la AAPRESID, que decidió “ayudar” a su manera a los 10 millones de marginados que sufrían desnutrición, de ellos un niño de cada seis. La idea es simple: “Dar un kilo de soja por cada tonelada exportada”.

La campaña fue apoyada por los grandes medios de comunicación, que no dudaron en presentar Soja Solidaria como una “idea brillante que va a cambiar la historia”. Por lo que se refiere al ineludible Héctor Huergo, director del suplemento Clarín Rural, anima al gobierno a “sustituir los actuales programas de ayuda social por una cadena solidaria de coste cero gracias a una red de distribución de soja, uno de los alimentos más completos que basta con hacer que entre en nuestra cultura”.

Para ello, los promotores de los OGM (organismos genéticamente modificados) no escatimaron medios: gracias al gasoil proporcionado gratuitamente por Chevron-Texaco se entregaron cargamentos de soja a cientos de comedores populares y escolares de los barrios desfavorecidos y de chabolas, a las residencias de ancianos, hospitales y a cuantas obras de caridad había en Argentina.

Por todo el país se crearon talleres en los que unos voluntarios (en la Universidad Católica de Córdoba se habla incluso de “brigadistas de la soja”) enseñan a unos “cocineros” cómo fabricar “leche”, hamburguesas y otras milanesas de soja. Así, en la página web nutri.com se aprende que en Chimbas, en lo más profundo de la provincia de San Juan, un “programa municipal” permitió “formar en el consumo de soja” a 6.000 personas y que se movilizó a 1.000 voluntarios para distribuir “leche de soja” a 12.000 niños...

Cuando Soja Solidaria celebra su primer aniversario, Víctor Trucco, presidente de la AAPRESID, no oculta su satisfacción: “Con el tiempo”, escribe entonces en Clarín, “se recordará el año 2002 como el de la incorporación de la soja a la dieta de los argentinos”. Y hace un balance: “Hemos aportado 700.000 toneladas de soja, que representan 280.000 kilos de proteínas de alto valor u ocho millones de litros de leche, o 2.300.000 kilos de huevos, o un millón y medio de kilos de carne”. Una retahíla muy discutible que se supone oculta un propósito resumido por la página web de Soja Solidaria en una frase que tiene el mérito de la claridad: “El plan ha ayudado a la difusión de la soja en el país”.

Un desastre sanitario. “Mire”, dice malhumorado el doctor Darío Gianfelici al volante de su coche, “plantan soja hasta en los arcenes de la carretera. Durante la estación de las fumigaciones, uno puede acabar completamente empapado, ¡las autoridades sanitarias de este país son completamente irresponsables!”. Cuando lo conozco en abril de 2005, Darío trabaja de médico en Cerrito, una ciudad pequeña de 5.000 habitantes situada a cincuenta kilómetros de Paraná, en la provincia de Entre Ríos. O lo que es lo mismo, en el corazón del imperio de la soja.

En esta región de la pampa, antes famosa por su diversidad agrícola, el cultivo de la oleaginosa ha pasado de 600.000 hectáreas en 2000 a 1.200.000 tres años después. Al mismo tiempo la producción de arroz descendía de 151.000 a 51.700 hectáreas. Un mínimo de dos veces al año los aviones fumigadores o los mosquitos inundan la región de Roundup, a veces hasta la misma puerta de las casas, puesto que aquí la soja Roundup Ready lo ha invadido todo.

“Es como una fiebre, una epidemia”, suspira Darío Gianfelici, que me enseña a través del parabrisas los famosos chorizos. Al no saber ya dónde almacenar los granos porque la infraestructura no era suficiente, los productores inventaron unos silos en forma de chorizo que ahora jalonan los márgenes de las carreteras. Si el doctor se ha convertido en un militante en contra de los OGM no es por una cuestión ideológica, sino porque le preocupa la evolución de las patologías a las que se enfrenta en su consulta. “Yo no sé si la técnica biotecnológica constituye un peligro para la salud”, quiere precisar, “en cambio, denuncio los daños sanitarios que provocan tanto las fumigaciones masivas de Roundup como el consumo abusivo de soja Roundup Ready”.

Y recuerda la toxicidad del glifosato y, sobre todo, como hemos visto, de los surfactantes (esas sustancias inertes que permiten al glifosato penetrar en la planta), como el polioxietileno-amina (PO EA). Ahora bien, más en Argentina que en otros lugares, la publicidad de Monsanto que asegura que el Roundup es “biodegradable y bueno para el medio ambiente” ha llevado a que no se tome ninguna precaución con las fumigaciones que contaminan todo el medio ambiente: el aire, la tierra y las capas freáticas. Aunque el representante del Estado, Miguel Campos, afirma con enorme seguridad que el “Roundup es el herbicida menos tóxico que existe”...
Pero Darío Gianfelici es categórico: “Muchos médicos de la región hemos constatado un aumento muy significativo de las anomalías de la fecundidad (como abortos naturales o muertes fetales precoces), disfunciones de tiroides y del aparato respiratorio (como edemas pulmonares), de las funciones renales o endocrinas, enfermedades hepáticas y dermatológicas o problemas oculares graves. También nos preocupan los efectos que pueden tener los residuos de Roundup que ingieren los consumidores de soja, porque se sabe que algunos surfactantes son perturbadores endocrinos. En la región se ha constatado una cantidad importante de criptorquidias y de hipospadias en los chicos jóvenes y de disfunciones hormonales en las niñas, algunas de las cuales tienen la regla desde la edad de los tres años...”.

Curiosamente, el programa Soja Solidaria fue el primero que provocó que las instituciones se pusieran en guardia en relación no tanto con los OGM como tales sino con los riesgos que suponía para los niños el consumo excesivo de soja. Así es como en julio de 2002 el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales organizó un foro sobre el tema en el que se recordó que “no se debe llamar ‘leche’ al zumo de soja y que en ningún caso debería reemplazar a esta”.

Los profesionales sanitarios subrayan que la soja es mucho menos rica en calcio que la leche de vaca y que su fuerte concentración en fitatos impide la absorción de metales como el hierro o el cinc por parte del organismo, lo que aumenta el riesgo de anemia. Y, sobre todo, desaconsejan vivamente el consumo de oleaginosas en niños menores de cinco años por una razón que cae por su propio peso: como hemos visto, la soja es rica en isoflavonas, que sirven de sustituto hormonal a las mujeres en la premenopausia y, por lo tanto, pueden provocar importantes problemas hormonales en organismos que están en pleno desarrollo.

“Estamos preparando un auténtico desastre sanitario”, resume Darío Gianfelici, “pero, por desgracia, los poderes públicos no han calibrado lo que está en juego y quienes osan hablar de ello son considerados unos locos que se oponen al bienestar del país”.

Aquel día el doctor tiene una cita en una escuela católica dirigida por unas religiosas alemanas. El imponente caserón rosa ocre de estilo colonial emerge en medio de una vasta extensión de soja. “La semana pasada”, explica la directora, “fumigaron Roundup justo antes de la lluvia. Después hubo un sol muy fuerte que provocó la evaporación. Muchos alumnos empezaron a vomitar y se quejaban de dolor de cabeza”. La religiosa pidió a los servicios sanitarios de la provincia que lo investigaran y estos concluyeron que se trataba de un “virus”... “Sin embargo, analizaron el agua pero no encontraron nada”, precisa la religiosa.

–¿Estudiaron la posibilidad de una intoxicación debida a los productos químicos? –pregunta Darío.
–No –responde Ángela, una maestra–. Cuando apuntamos esta hipótesis, lo negaron categóricamente...

Ángela sabe de qué está hablando. Vive en una casita rodeada de campos de soja. Cada vez que fumigan padece violentas migrañas, irritación en los ojos y dolores articulares. “Hablé con los técnicos”, explica. “Lo único que conseguí es que me avisaran cuando fueran a fumigar el herbicida y durante dos días me voy de casa con mi familia. Me sugirieron que vendiera la casa, pero, ¿para ir adónde? La soja vale más que nuestras vidas...”


Fuente Linea Capital, Misiones, Argentina: http://www.lineacapital.com.ar/?nota=287

jueves, 5 de marzo de 2009

Las semillas de un mundo más solidario


Este es un mundo de ricos y pobres, un mundo de depredación de los ecosistemas, un mundo de contaminación y de violencia que no tiene futuro. Debemos ser críticos agudos al modelo dominante y tratar de concientizar sobre esta situación a las clases medias y bajas, los técnicos e intelectuales, los estudiantes y los trabajadores, todos víctimas de la destrucción del trabajo, de la destrucción de sus propias vidas y de la vida de la Tierra.
Necesitamos para ello tener una propuesta realista y simple de la que todos podamos ser participes, una propuesta que sea capaz de integrar relaciones personales de colaboración en lugar de la actual competencia interpersonal que nos agobia. Nosotros pensamos que un camino posible puede ser la pequeña agricultura, y en especial la agricultura de los desarrollos locales. Una agricultura capaz de modificar a los gobiernos municipales para que incorporen el desarrollo de su agricultura en la planificación local. Una propuesta que ejercite y haga crecer la ciudadanía en el logro común de la Soberanía Alimentaria.

La agricultura de procesos, la producción de alimentos simples, deben enfrentar hoy al modelo dominante de los agronegocios donde predomina la escala, la disminución de costos y la dependencia a insumos. Si esta agricultura tiene los actuales paradigmas impuestos en su contra, ¿por donde empezar? ¿Y si acaso comenzáramos por las semillas? Las semillas son el origen mismo de la agricultura, son pequeñas y humildes, pero pueden comprometernos a que nos relacionemos, pueden obligarnos a intercambios y reciprocidades, pueden llevarnos a aprender y a compartir los conocimientos y los saberes propios de la vida. Las semillas pueden conducirnos a reencontrar la tierra, a sentirla y verla de otra manera, y descubrir así el nuevo paradigma, la propuesta de un mundo nuevo con calidad de vida y en armonía con los ecosistemas.
Comunícate con nosotros, estamos iniciando un proyecto de redes de guardadores de semillas, que hemos llamado Semillas Campesinas.


Grupo de Reflexión Rural: http://www.grr.org.ar/

lunes, 2 de marzo de 2009

La selva en los zapatos



Sus zapatos y los que tiene en el armario, más sus prendas de cuero, unido al sofá de piel del salón o los asientos de cuero del coche contribuyen a deforestar la selva del Amazonas.
El cuero procedente de millones de cabezas de ganado para la industria de la piel se produce en gran medida en Brasil, el mayor exportador mundial de esta materia prima, a la que hasta ahora no se le había atribuido una más que evidente huella ecológica.

Ha sido Greenpeace quien ha dado la voz de alarma: los 205 millones de cabezas de ganado vacuno que se alimenta en los pastos de la Amazonia arrebatados a la selva, contribuyen de manera decisiva a la destrucción del mayor pulmón del planeta y por tanto al cambio climático. El informe Impacto de la ganadería en la Amazonia, no sólo denuncia la expansión de la ganadería en Brasil a costa del mayor captador de carbono terrestre, sino de sus consecuencias para el calentamiento global.


Entre 2000 y 2007 se han destruido 154.000 kilómetros cuadrados de la selva, una extensión mayor que Grecia. Y aunque Brasil no es un país industrializado, es el cuarto país más contaminante del mundo. El 75% de las emisiones de CO2 de la mayor economía de Sudamérica provienen precisamente de la deforestación.
La destrucción de la selva viene ocurriendo aceleradamente desde hace más de tres décadas, impulsada por el apoyo del Gobierno a la colonización del territorio y el desarrollo de infraestructuras con ese fin. Tras la tala ilegal de madera todavía en curso, ilegal quema y tras ella la agricultura y la ganadería, que por el bajo precio del suelo logran producir a precios muy competitivos, lo que hacen de Brasil el mayor exportador del mundo de madera, carne y pieles.
Si hace unos años, las ONG denunciaban la destrucción de la selva para cultivar soja con destino a los biocombustibles o la ganadería y el coste insostenible de la producción de carne para las grandes cadenas de hamburgueserías, ahora le ha llegado el turno a las pieles; la industria del cuero.
«Brasil tiene un papel muy importante ante los efectos del cambio climático y debe ser capaz de reducir la deforestación a cero antes de 2015», defiende Greenpeace en su informe mundial.
No obstante, Greenpeace asegura que no pretenden hacer una campaña contra la expansión de la ganadería en Brasil, sino a favor de que este país «adopte el objetivo Deforestación Cero para 2015, para evitar el cambio climático».
Lo que sí va a realizar la organización ecologista es una campaña entre los sectores industriales europeos y norteamericanos para que suspendan sus importaciones de cuero o carne «procedente de empresas ganaderas brasileñas vinculadas a la deforestación ilegal o a condiciones de semiesclavitud de sus trabajadores».
«La ganadería tiene un impacto social nefasto en la Amazonia. Más de 3.000 trabajadores fuero liberados de explotaciones ganaderas en las que vivían en régimen de semiesclavitud», asegura la ONG.

Otro efecto pernicioso es el metano expulsado por las flatulencias del ganado. Las moléculas de metano son 60 veces más activos en en el efecto invernadero que las de CO2. Se calcula que el potencial de emisión de gases de efecto invernadero del ganado bovino es de 13 kilogramos de CO2 equivalente por kilo de carne. «Esto significa que comer un kilo de carne genera la misma cantidad de gases de efecto invernadero que un pasajero en un vuelo de 100 kilómetros», asegura el informe. La cifra duplica la huella de carbono de la carne de pollo o de porcino.
Ante el cúmulo de argumentos, Greenpeace considera que Brasil debe de apoyar el nuevo protocolo que surja de la Cumbre del Clima de Copenhague en diciembre próximo, que incluya un Fondo Internacional para la Reducción de las Emisiones por deforestación y Degradación de los Bosques (REDD). Este acuerdo que se viene discutiendo desde hace años se debe firmar este año para canalizar fondos a los países con selvas tropicales que eviten la deforestación.
Brasil ya ha presentado un plan para detener la deforestación en 2015 en un 70%. Sin embargo Greenpeace considera que debe ser en su totalidad y que cinco años antes debe establecer una moratoria. Si se logra, la huella de nuestros zapatos será menos destructiva.
(Foto de la cabecera: Daniel Beltrá-Greenpeace)
Publicado en El Mundo 02/03/2009 por: Gustavo Catalán Deus - Madrid

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